"Historia imperfecta de la desaparición en Colombia", Forenses (2025) de Federico Atehortúa

 

Hace algunas semanas vi Forenses de Federico Atehortúa, el segundo largometraje documental del director de Pirotecnia. Recuerdo que después de la proyección me sentí perdido dentro de la película, como cuando uno llega a una ciudad nueva y ninguna calle le es familiar, todo le es ajeno, extraño. Me preguntaba si era un problema del guión, si yo no entendía la estructura ensayística-de asociación libre- o si era mi cansancio debido al trabajo de bibliotecario. Hoy tengo dudas. Forenses me parece una película rara, difícil de ver, diferente, quizás demasiado cerebral-mucho más que Pirotecnia-, quizás extrema, exagerada en su forma de río-ensayo. Me gustan las películas exageradas.


                Vienen a mi mente imágenes de un tío desaparecido, Arteaga. ¿Qué le pasó? ¿Se fue a la guerrilla? ¿Se fue con otra mujer? ¿Se volvió marica o paramilitar? ¿Por qué nadie lo buscó? ¿Por qué tanto silencio sobre su desaparición? Federico, el director, su sobrino, recrea la escena en que su familia intenta buscarlo a través de las pautas publicitarias de la televisión. Una foto de cuando Arteaga era niño, el único rastro de que esa persona existió. La imagen tiembla, guarda cierto misterio, como si Arteaga estuviera realmente vivo. Surge una especie de epifanía. ¿Es posible revivir a los muertos? ¿Tiene el cine esa capacidad? Por un segundo esa fantasía es real. Atraviesa el corazón del espectador. Y uno siente que Atehortúa es un agitador de las imágenes, alguien que a través del montaje es capaz de crear la ilusión de estar dentro del movimiento de la vida. Nos hace entender la vergüenza que podemos sentir los colombianos por tener en nuestras familias personas desaparecidas y la tendencia a la negación, a silenciarnos, a creer que somos el país más feliz del mundo.

                Luego viene otra imagen: la de la chica trans desaparecida, sin nombre, sin identidad. Brenda, le pone su amiga Katalina. Katalina, al igual que Federico, quiso recrear la desaparición de Brenda. Rodó una película con mujeres trans vestidas de camuflado. Hay algo triste y melancólico en esas imágenes. Las chicas trans son como personas que van a una guerra sabiendo que van a morir. Personas perdidas, piedritas sumergiéndose en el río, cayendo en el fondo, sin diferenciarse de las demás, como objetos empolvados en un anticuario. Katalina y Federico discuten sobre la desaparición. Katalina estuvo en la cárcel, luego quiso hacer películas porno trans, de sangre, de horror, algo como lo que quería hacer Montoya en Anhell 69. (Otro film que habla de los desaparecidos de la comunidad LGBTI, pero en Medellín). Las conversaciones entre Katalina y su amiga parecen pertenecer a otra película, una de ficción, y esto no es algo negativo, al contrario, es lo que crea esa sensación de extrañeza, de no saber en qué película está uno, de estar perdido y, por ende, más abierto a mirar al otro, a ser el otro.

    

    Llego a este punto y pienso que Forenses es una película que retrata la historia de la desaparición en Colombia. O no una película sino un mapa. Un mapa con los bordes porosos, desdibujados, como si Federico buscara rehacer los límites del territorio, rehacer el mapa de Colombia, e incluso rehacer la forma en que se cuenta una película, distinta de las que entretienen, divierten y te hacen estúpidamente feliz. Forenses es una película innovadora y quizás por eso es necesario verla varias veces, para poder entenderla y disfrutarla. Es un goce a largo plazo, que exige esfuerzo, reflexión. Exige un espectador paciente, un espectador arqueólogo, que debe buscar su propia película. (Por cierto, recuerdo que la vi dos veces en un mes. La primera vez quedé desarmado, sin poder decir nada al respecto).

                Una imagen aérea: huecos, excavaciones, como una colmena triste y fantasmal. Un bloque de búsqueda de desaparecidos. La conversación con Karen: las madres resisten buscando a sus desaparecidos. Esa es la forma de encontrar sosiego, reconciliación y resiliencia. No olvidar. No “soltar”. No voltear la página. Eso es lo que quiere el poder: sembrar ausencias, mandar semillas envenenadas de olvido al inconsciente. El gesto de buscar cuerpos no encontrados es aportar luz a la historia del país, recordar que el mapa ahora debe ser trazado por los habitantes del territorio y no por el poder que, trazando sus líneas arbitrarias, excluye a gran parte de la población, reproduce más la violencia. Forenses habla de gente que busca desaparecidos. (Por cierto: recuerdo una referencia a los desaparecidos del palacio de Justicia: una reflexión sobre cómo nos volvimos espectadores de la guerra, pero ahora esa imagen se me escapa, desaparece de mi memoria. Sentí la asociación un poco forzada. Lo mismo que las imágenes sobre Jesucristo). Pero también propone una forma que busca imágenes desaparecidas: formatos supuestamente pasados de moda como el mini dv, el beta, el 8mm, el 16mm, el video, que según las demandas del mercado ya no sirven y por ende deben desaparecer. Forenses también rescata esas imágenes desaparecidas y da su postura política de resistencia: no es hora de utilizar el 4k, el 8k, esas imágenes que buscan darlo todo nítido, puro, casi fascista, una imagen totalitaria que ofrece el capitalismo, sino que es hora de trabajar con imágenes modestas, misteriosas, enigmáticas, alejadas de lo mercantil, más humanas, más personales y más imperfectas. Es una postura política frente al cine y frente a la vida: hacer un cine imperfecto como el de Jonas Mekas.


Siento que Forenses es una segunda parte de Pirotecnia. Está el mismo narrador, pero ahora es mucho más cerebral, teórico, y cada vez es más difícil entenderlo, por lo menos en el primer visionado del documental. También está esa manía de hablar de la mamá (como un Edipo que quiere salir de su propia repetición), aunque también está esa arqueología de las imágenes, ese reciclar como una forma de proponer una producción de cine modesta, artesanal, que va a un ritmo lento y humano, alejada del capitalismo de hoy que quiere verlo todo nítido, consumido en segundos, como un poder que nos mira desde una torre y nos expresa su control sobre nosotros, su superioridad. Esto de seguir en la misma forma de la película anterior no me disgusta, pues hay cineastas que exploran hasta el fondo esa forma que han encontrado en su primera película. Pero sí siento que Atehortúa está en busca de un estilo que todavía no encuentra-afortunadamente- y supongo que la tercera película será una suerte de síntesis de todo lo que ha venido aprendiendo desde Pirotecnia y Forenses. Quizás se va a volver más exagerado y va empujar los límites para encontrar una nueva forma de hacer cine.

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