"Extensión del nazismo en América Latina", El caso Pinochet (2001) de Patricio Guzmán
Los tribunales londinenses están vacíos. Una aseadora se encarga de limpiar las sillas, el piso. Hay una sensación de que algo o alguien no está. Puede que la justicia no esté. Puede que la justicia no llegó. No llegó a tiempo. Ni siquiera en un tribunal londinense. Silencio. Vergüenza. Desde España, el juez Baltasar quiso extraditar a Pinochet por crímenes de lesa humanidad contra residentes españoles en Chile. La justicia inglesa dijo que sí lo extraditaba. Hubo vaivenes. Unos senadores de acuerdo, otros no. Discusión. Mientras tanto, Pinochet se iba de compras y descansaba en su suite del hotel Intercontinental de Londres. Se legalizó la extradición. Por fin, después de tantos años, el dictador iba a ser juzgado por los crímenes atroces que cometió. Sin embargo, el gobierno chileno dijo que el generalísimo estaba enfermo, que no podía ser juzgado y que necesitaba regresar a su país. Los militares y los civiles lo recibieron con aplausos... Hasta el día de hoy el generalísimo se fue a su tumba abrazado a la impunidad.
Lo más impresionante de este documental, sin embargo, son los testimonios de las víctimas. Patricio Guzmán filma sus rostros con una luz que hace ver cada detalle de la cara, que resalta la mirada triste de cada uno, y la cámara hace un lento movimiento lateral como para recibir con suavidad y empatía la avalancha de horrores cometidos por la dictadura de Pinochet. Las mujeres sobre todo fueron ultrajadas solo por ser mujeres, pero, irónicamente, son las que expresan más alegría de vivir en tiempo presente. A pesar de los vejámenes no perdieron su dignidad. La conservaron intacta. En cambio los militares y sus familias y sus hijos deben seguir viviendo con la vergüenza de haber cometido crímenes atroces, crímenes de lesa humanidad enseñados por los nazis que terminaron huyendo a Chile, crímenes como el del decreto Noche y Niebla, que consistía en desaparecer al enemigo sin dejar la menor huella, como una forma de sometimiento y de humillación. Al final quedan los rostros adoloridos de los inocentes, los testimonios contados en detalle, las miradas melancólicas imposibles de borrar de la historia de Chile. Insisto: esos suaves movimientos de la cámara son una elección asombrosa de puesta en escena documental, pues expresan la verdadera escucha que necesitaban estas personas y que el Estado chileno les dio a medias o que definitivamente no les dio.
Cuando el juez camina por ese espacio oscuro y derruido, mientras cuenta dónde y cómo se torturaba, uno siente los escalofríos que pudo sentir una de las más de 2000 víctimas torturadas y asesinadas por la Dina, la policía secreta de Pinochet. Todo el tiempo el documental está buscando cómo narrar la historia desde el punto de vista de las víctimas, cómo la cámara puede ser un humano que sostiene y acompaña de manera sutil un proceso terrorífico como las desapariciones, las torturas y los asesinatos de la dictadura chilena que, hoy en día, algunos quieren suavizar o definitivamente negar o peor: revivir.
Confieso que cuando Guzmán se pone autobiográfico y poético, me dan ganas de sacar la almohada y la cobija en la sala de cine; sobre todo siento que su montaje pierde ritmo, agilidad y efectividad y sus films se vuelven solemnes, demasiado enamorados de sí mismos. Sin embargo, en este documental, exento de autobiografía y de devaneos proustianos, siento que Patricio Guzmán demuestra que es un gran narrador, pues va directo al grano, como si fuera un film de ficción judicial, donde hay suspense y el espectador se pregunta todo el tiempo si al criminal lo van a agarrar o no. Spoiler: no lo agarran. Y no lo agarraron. Pinochet llegó al Senado, murió bien abrazadito a su tan querida impunidad.
Y ahora en el 2025, cuando es presidente de Chile un tipo descendiente de nazis y hermano de un ministro de Pinochet, que niega las desapariciones y los asesinatos, es esencial mirar toda la filmografía de Patricio Guzmán; es esencial mostrársela a los jóvenes de todo el continente para que entiendan el horror que sucedió durante la dictadura, para que no vaya a haber repetición de lo ocurrido. Por cierto, cuando sale Pinochet del Senado y alzan una estatua de Salvador Allende, las imágenes de archivo son sublimes: cree uno que porque alzan esa estatua todos los chilenos van a hacer el pacto de reconciliarse y de no volver a votar nunca más por alguien autoritario o por alguien que defiende a Pinochet. Qué equivocado estaba.
Pobre Chile, pobres amigos chilenos, los extraño.



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