"Recrear el mundo", Récréations (1993) de Claire Simon
¿Qué pasaba en Francia en los años noventa? No lo sé exactamente. Asumo que pasaba lo mismo que pasaba en todo el mundo: el liberalismo se convirtió en el modelo económico por excelencia. Se promovió el individualismo, la competencia feroz y el consumo desaforado. La Unión Europea nace en 1993, hay una idea de comunidad entre los países, todos quieren vivir bien, tener dinero en los bolsillos para gastar, invertir y consumir alegremente. Una moneda única, el euro, es el símbolo de la diversión, de la felicidad, del sentido profundo de la vida. Todos creen o quieren creer que van en la dirección correcta.
Claire Simon es una gran documentalista francesa. La gente debería decir que Frederic Wiseman es el Claire Simon gringo y no al revés. Ella empezó haciendo cortometrajes en ocho milímetros como Mon cher Simon o Moi non ou l' argent de Patricia. Luego hizo Récréations (1993), pero también hizo documentales sobre la prestigiosa escuela de cine La Fémis de París, sobre la monstruosa estación de trenes Gare du Nord, sobre el Bois de Boulogne, sobre adolescentes en colegios de los suburbios parisinos y algo relacionado con los libros de Annie Ernaux (ganadora del premio Nobel de literatura), que aún no he tenido la oportunidad de ver. En Récréations (1993), Simon dice que la niña del principio, con los ojos cerrados como si estuviera soñando, es su hija; y que al final del rodaje el sonido estaba tan malo que le tocó llevarse a los niños al estudio de grabación para doblar sus voces, para recrear el documental.
Con respecto a la realización, hay dos decisiones bastante importantes que saltan a la vista. La primera, es que Claire Simon pone la cámara a la altura de los niños (y no a la de los adultos, como puede hacerlo un periodista que va a hacer una nota rápida para la televisión). Esa posición hace que uno como espectador entre fácilmente al mundo asombroso de los niños y pueda observarlos con empatía, libre de prejuicios, respetando sus reglas y sus limitaciones. Nos disponemos a observar el mundo. La segunda, es que Simon no interviene para nada en las situaciones que suceden frente a la cámara. No se detiene para separar a los niños que se están matoneando; no los entrevista, ni intenta influir en sus pensamientos; de hecho, Simon no controla nada; todo es caos; deja que los cuerpos infantiles se paseen libremente frente a la cámara. Su rol está en « reaccionar a la vida », como decía Mekas, en captar los gestos espontáneos de los niños.
Los niños (seres supuestamente cándidos) son brutales, egoístas, crueles; viven en la ley del más fuerte y se reúnen en manada para aplastar a los más débiles. En algunos de ellos se ve el egoísmo narciso de cualquier niño: lo quieren todo para ellos, no les importa el destino de los demás, su mundo son ellos mismos, todo gira a su alrededor. Unos tienen armas imaginarias, se hacen llamar « padres » y todos están en una competencia feroz, repito, por quién domina al otro, por quién tiene más riqueza que el otro. Claire Simon, callada, observa estas escenas. Claro que son niños, es un recreo; son situaciones cotidianas en algún colegio público de algún distrito de París. Sin embargo, es inevitable hacer una proyección. Hay algo de esos niños en los adultos. Algo no, hay bastante de esos niños en los adultos que somos, en la sociedad contemporánea. Parece como si desde ese espacio recortado por el cine uno pudiera reflexionar sobre el mundo en general. ¿Será que ese patio de recreo puede ser el mundo de los años noventa o por lo menos el mundo de la Unión Europea de los años noventa? Y por qué no, ¿será que esos niños tiranos y delirantes que someten a otros solo porque se ven más frágiles y desprotegidos no son también esos políticos actuales, también tiranos y delirantes, que someten a otros países solo porque no tienen tanto dinero o tanta capacidad militar? ¿No es esa tendencia a la destrucción algo inherente a los seres humanos?
De cuando en cuando, a modo de transición, suenan algunos instrumentos como el saxofón, el piano, aunque también sonidos electrónicos, muy tenues. Puede que sea algo reprochable en el documental, es decir, esos sonidos molestan cuando se escuchan, pero no llegan a ser cacofónicos. Solo parece que la realizadora hubiera podido prescindir de ellos. Por otro lado, creo que hay un buen contraste entre las escenas oscuras de niños jugando a la cárcel—matoneando al niño negro— o a destripar al otro—actos de un individualismo feroz y cruel— y las chicas que saltan cuando ayudan a una chiquita a que pierda el miedo para que también logre saltar la banca. Se manifiesta entre ellas solidaridad, empatía y compasión y una idea de que entre varios es más fácil sobrellevar las dificultades. Parece como si no todo fueran malas noticias con respecto a la humanidad, pues todavía algunos te tienden la mano para que aprendas a saltar, es decir, a vivir los desafíos del mundo. No todo es tener propiedades para humillar al otro; también se puede compartir, colaborar y ayudar a que el otro esté bien. La luz resplandece bastante en esta parte del film (es casi crística) y puede uno percibir ese momento de trabajo colaborativo como algo luminoso, como una forma de actuar que quizás pueda salvarnos en el futuro.
Claro que este documental tiene otro tipo de interpretaciones profundas. Tengo el recuerdo de escuchar a la realizadora hablando de sociología, de filosofía y nombrando a algún filósofo como Deleuze o Foucault. Ya no lo recuerdo bien. Y creo que por eso, veintitrés años después de su realización, ese patio de recreos observado por Claire Simon sigue siendo un film importante en la historia del cine documental, un film donde un joven documentalista puede aprender a tomar decisiones estéticas sobre el dispositivo, pero también decisiones éticas y filosóficas sobre el objeto filmado y sobre cómo observar el mundo... Olvidé hablar de la niña que ayuda al niño a construir su hogar como si ella fuera una ama de casa ya adulta, o del niño que se hace llamar « papá » y que hace el rol de un protector-abusador. ¿Cómo es posible que a esa edad todo esté tan determinado, tan encuadrado, tan definido para el futuro? ¿Existe realmente el libre albedrío o solo somos unas fotocopias de los prejuicios, los miedos y los traumas de nuestros padres y nuestros abuelos? Además de tomar la decisión de ayudar al otro en vez de pisotearlo, ¿seremos capaces de crear una propia identidad sin reproducir lo que nos enseñaron en nuestra casa o lo que nos enseña la época de liberalismo salvaje en que vivimos? ¿Somos una mezcla de destrucción y de creación, de egoísmo y de humildad, de luz y de oscuridad, y no queda de otra más que aceptarlo como nos lo muestra la niña en la secuencia de la banca cuando mira a la cámara como diciéndonos que así es la vida?





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