"Después de la vergüenza", el pacto de Adriana (2017) de Lissette Orozco
La tía Chany. La alegre. La carismática y la glamorosa. Cuando se baja del avión tiene las manos repletas de regalos para su familia: una muestra de bondad y de cariño. La tía empática que le enseña buenos valores a sus sobrinas: libertad, rebeldía, firmeza; la tía que en las fotos aparece sonriente, atravesada por un rayo de luz. Una tía doctora Jekyll. Pero también una tía Mr Hyde. Una supuesta secretaria de la DINA—la policía secreta de Pinochet—, acusada de tortura y de desaparición; vista por sus compañeros de trabajo dentro de las casas de tortura, matando un comunista a batazos, antes de que la enfermera le aplicara su clásica inyección de cianuro. La mujer que la prensa llama Adriana Rivas, que en las entrevistas televisivas está a favor de la tortura, pues los comunistas son cerrados, dice y le da caladas nerviosas a su eterno cigarrillo.
Lissette Orozco es su sobrina, la realizadora y la investigadora del documental. En la primera parte, Lissette es la aliada de su tía Chany. Cada imagen que hace es para ayudarla a defenderse, pues el Estado chileno la busca para que responda por el asesinato de diez miembros del partido comunista. La tía Chany está escondida en Australia. Niega la realidad frente a cámara. Nunca estuvo en esos lugares de tortura. Nunca vio nada. Ella era administrativa. Solo transcribía mensajes para la DINA. Eso era todo. Ella es una buena persona. Lissette la conoce. Su tía luminosa sería incapaz de hacer eso, dice con ese vacilante cigarrillo en la boca. Pero en la segunda parte, Lissette, que al principio parecía ciega por el amor filial, se quita el velo y descubre documentos, testimonios que afirman la responsabilidad de la tía en los crímenes de lesa humanidad. Entonces la confronta. El conflicto estalla. Desde ese momento el film se convierte en una búsqueda sobre cómo quitarle la máscara a una mentirosa, cómo romper esa imagen virtual y megalómana construida por su tía narcisa.
La tía Chany confiesa que su sueño era ser millonaria, codearse con gente importante como ministros, generales y estrellas de la televisión. Por eso se sentía orgullosa de hacer parte de la DINA, de trabajar para la dictadura. Además ganaba bien y así le ayudaba a su papá que era el único proveedor de la casa. Estaba cumpliendo su sueño. Su sueño individual. Y eso era suficiente para hacer cualquier cosa por Pinochet. No importaban los asesinatos ni las desapariciones. Eso era algo secundario, comparado a los banquetes entre personas de bien a los que asistía. Pobre tía Chany. Con esos deseos tan bobos, tan típicos del capitalismo, tan típicos de la gente del común. Da pesar. Da lástima. Está perdida en su fantasía neoliberal, como lo pudo estar—o lo está ahora—Chile. Vive sola en su castillo de marfil, se mira en espejos que le reflejan imágenes de grandeza, huye como una niña de la realidad. Es la ficción.
El logro de Lissette consiste, por un lado, en que no respetó el pacto de silencio de los victimarios. Tenía ese secreto en la familia, se hizo cargo y lo expuso de manera estética en una película: tengo una tía que apoyó la dictadura y que torturó, es vergonzoso pero no me quedo callada, lo expongo y me pongo del lado de las víctimas. Tomo partido. Hago un acto de reparación con la colectividad. Por otro lado, gracias al montaje, que mezcla las mentiras de Chany con las verdades de psiquiatras, de periodistas o de compañeros que la vieron ejercer la violencia de forma salvaje, la tía no queda simplemente como un monstruo condenado sino como un símbolo de cómo el ser humano, cuando tiene defectos como la ambición y la codicia, cae en el agujero del horror. Se pierde en su soledad. Por último, creo que varios documentalistas como Lissette, herederos de un pasado incómodo, superan la vergüenza haciendo películas performativas, donde abren los baúles familiares y exponen los secretos que los acosan, logrando de esta manera un tránsito hacia el orgullo, la dignidad y la decencia. Me hace pensar que la única manera de vencer al victimario es exponiéndolo, haciendo un pacto con la sociedad para hablar de lo sucedido.





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