"Celebrar la vida", TRANSOCEANICAS (2020) de Lucía Vassallo y Meritxell Collel
Hace unos días vi TRANSOCEANICAS. Todavía estoy dentro del agua. Me muevo como una medusa. Observo fulgores, colores de neón. Escucho el silencio. Abrazo a Meri, a Lucía y a Fernando. Me vuelvo una sobreimpresión sobre la abuelita de Meri apretando el pedal de su máquina de coser. Hay hilo. Hay hijo. Una historia se une con otra. Hay creación, hay vida. Fuegos artificiales en las noches de Buenos Aires y de Barcelona. Jonas Mekas con su pequeña cámara se filma a través de una pantalla y luego muere. Pero revive en los planos silenciosos, familiares, que celebran la vida, el instante.
Meri y Lu son dos amigas. La primera vive en Barcelona, la segunda en Buenos Aires. De jóvenes filmaron películas, vivieron juntas, fueron felices. Pero ya son grandes, están en orillas diferentes. Entonces se escriben cartas filmadas. Reviven el pasado, reflexionan sobre el presente, se cuentan intimidades e intentan encontrarse a través del montaje, uniendo dos cielos diferentes en uno solo, como si fueran un solo cuerpo, un solo espíritu. Filman sus casas, sus cuartos, los rodajes de sus películas, las salas de montaje, sus rostros, sus cuerpos y sus desplazamientos por el mundo: Japón, Taiwán, Berlín, Chile, el Tigre, etc. Las une el cine, la amistad, la nostalgia, la creación.
La primera parte es silenciosa, contemplativa. Leemos los mensajes enviados a través de subtítulos. Y el sonido es leve, sutil: hay una intención de crear un espacio de quietud y de meditación: el espacio adecuado para expresar la subjetividad, lo más verdadero del alma. Lu y Meri son tiernas, amorosas, cálidas, se mandan aliento en sus cotidianidades a veces incomprensibles, y celebran los destellos, los logros en la vida y el cine, que son la misma cosa; desarrollan temas como la maternidad, la migración y las paradojas del quehacer cinematográfico. Luego, en la segunda parte, hay un quiebre: la presencia de la muerte, sobre todo desde la orilla de Lu, crea una grieta y la primera película muere. Pero por el agujero de la herida entra una luz nueva, hay un renacimiento, una segunda película posible. Y ahora aparece una tensión que se manifiesta en un sonido más espeso, en una imagen más colorida y movediza; las amigas aparecen en la pantalla, se narran frente al espejo. Queda uno con la idea de que la muerte no es algo inútil o vano sino que es un motor para la creación, para la vida, para la luz. Hay esperanza y optimismo. Hay calor humano.
En un momento surge la posibilidad de ver a Jonas Mekas en la película, pues va a estar presente en un festival de cine en Japón o Berlín, pero el viejo está enfermo, no puede asistir, lo hace por videollamada. Luego pasa el tiempo y nos damos cuenta de que Jonas ha muerto. Surge la tristeza, la nostalgia de su entusiasmo... Sin embargo, en TRANSOCEANICAS, el cineasta que celebra la vida y el movimiento sigue vivo para siempre. Desde el principio, sabemos que Lu y Meri lo admiran. Siguen su filosofía de vivir en tiempo presente, filmando el movimiento de una flor o de las nubes, haciendo sobreimpresiones semejantes a los hermosos juegos creativos de los niños, montando imágenes en otros formatos como películas de ficción filmadas por ellas, ensayos con actores, fotografías, imágenes a blanco y negro en 8mm, imágenes familiares, caseras, etc… Sabemos que Jonas Mekas ha padecido la guerra, el destierro, el desplazamiento de su identidad y de su lengua, sin embargo, él nunca se enfocó en su situación de víctima sino que siguió adelante. Se reinventó y filmó, como lo hacen Lu y Meri, una imagen de la felicidad, una imagen que expresa la alegría de estar vivos. Por eso, creo que TRANSOCEANICAS se inspira de Mekas para afirmar que el cine nos puede reparar el alma, esculpir nuesto espíritu, mantenernos vivos para siempre, eternos, alejados del aburrimiento oscuro que representa la muerte.
Al final, Lu dice: soy un nido. Estoy de acuerdo. Su voz es calurosa, cercana; dentro de ella se incuba un huevo; además, como un nido, ella está hecha de distintos materiales: de dolor y de alegría, de tristezas, de frustraciones y de incomprensiones, pero sobre todo está hecha de cine. Pienso que TRANSOCEANICAS también es un nido. Como espectador, lo siento como un lugar seguro, cálido, donde tengo el silencio adecuado para reflexionar sobre mi subjetividad, sobre lo que me gusta y sobre lo que me duele; es un lugar donde me dan ganas de crear, de hacer cine, de mirar el mundo como si fuera la primera vez, sin tanto ruido y sin tanto acelere, como en una meditación zen; un lugar donde conviven la herida y la cicatriz, la luz y la oscuridad, la vida y la muerte, el infierno y el paraíso; un lugar donde puedo expresar mi fragilidad sostenido por la amistad de Meri y de Lu.





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