"Al corazón de la selva", Relicto (2026) de Guillermo Quintero
En Relicto el viajero va en busca de Sixto Muñoz, un indígena de más de cien años, el último que queda de un grupo llamado los Tinigua. Atravesamos carreteras, ríos y selvas para encontrarlo. Las personas frente a la cámara nos cuentan datos contradictorios de su personalidad: que era sociable y solitario, sobrio y bebedor, malhumorado y alegre, que desapareció pero todo el mundo lo conocía, que su hermano Criterio murió antes que él, aunque todavía estaba vivo en alguna parte de Yarumales. Y el viajero, en los trayectos, mezcla las historias que le cuentan con fantasías personales; crea una especie de mito, una especie de doble inasible, un doble oscuro y misterioso.
En la introducción, mientras vemos tarjetas postales francesas con animales exóticos del trópico, la voz de una especie de antropóloga o lingüista nos deja claro que Relicto es el último animal que queda de una especie ya desaparecida. Y claro, Sixto Muñoz es comparado a estas especies ya extintas; él también es un Relicto. El viajero, mientras se adentra en la selva, como en una especie de corazón de tinieblas, lee un informe donde aparecen una fotografía y algunos datos de Sixto. Pero todo es brumoso e incierto, como si el personaje fuera un fantasma, una ficción.
Mientras cruzamos puentes o vamos en lanchas por ríos sinuosos, surgen preguntas sobre la difícil situación de los indígenas en Colombia, sobre su exterminio por parte de paramilitares contratados por empresas extranjeras que explotan la madera y los minerales del bosque, sobre la desaparición y sobre el significado de perder la cultura de los Tinigua. Sinceramente, Sixto Muñoz a veces parece un Macguffin creado desde el guión; es decir, Sixto es un pretexto para meditar sobre otra cosa. En este caso, esa otra cosa es la pérdida de lo indígena en nuestra cultura. ¿Qué significa eso? La respuesta es un silencio melancólico; la mirada de un indio.
Lo mejor del relato de nuestro viajero es cuando se inclina hacia un guión de ficción en el que un asesino llamado Palma persigue a Sixto y extermina a todos los indígenas. Se habla de robo de tierras, de cultura y de desapariciones en alguna época remota, aunque rápidamente uno entiende que esa situación puede estar sucediendo en el presente, como si la historia de Colombia fuera una repetición, una especie de espiral que se enreda a partir de un punto central llamado colonialismo y que se revive eternamente. Antes españoles, luego mestizos, ahora entre todos, siempre los más fuertes sometiendo a los más débiles, robando, saqueando, exterminando.
En algunos momentos los planos de los animales o de algunos paisajes, filmados como con luz mágica, me parecieron molestos, como si fueran para un público extranjero, quizás para el público francés del festival du Cinéma du Réel. Pero esta sensación dura muy poco, no abarca todo el film, pues la voz de tono suave y curioso del narrador lo hipnotiza a uno y lo hace viajar por paisajes violentos por su espesor, agresivos por una luz gruesa, de capas, en busca de un silencio melancólico, que hace reflexionar sobre el peligro que corre nuestra identidad cada vez que desaparecen un indígena.



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