"Sobre el olvido", Augusto Rivera, el gran ausente (2026) de Antonio Dorado
Augusto Rivera nace en Bolívar, Cauca. Fue un gran pintor colombiano, de la talla de Grau o de Obregón. Hijo de militar, casi se vuelve sacerdote. Hizo ilustraciones en la prensa colombiana; fue invitado a exponer en París por André Breton. Marta Traba, en algún momento, escribió sobre sus finos trazos, sobre su tendencia a citar la literatura en sus cuadros. Fue conocido en el café Automático; Jotamario Arbeláez lo recuerda desde una azotea del Oeste de Cali como un tipo bebedor y deslenguado, de humor irónico y de temperamento alegre. Sin embargo, por cosas del destino, hoy nadie lo conoce, ni lo recuerda. Es un gran ausente. Alguien olvidado por los críticos, por los historiadores y por los mismos artistas.
Antonio Dorado—el profe de Univalle, realizador de El Rey y de Apaporis—va en busca de este gran ausente. Indaga sobre él, su vida, su obra, su pensamiento y sus orígenes. Lo trae de nuevo a la vida a través de performances en museos para que los jóvenes lo reconozcan, para salvarlo del olvido. Y busca cortometrajes, libros, revistas, imágenes de archivo donde aparece el artista; donde el fantasma revive y se muestre ante nosotros, como un signo de su existencia, de su grandeza y de merecidos homenajes póstumos. Aparecen Humberto Dorado—el gran actor de televisión—, la hija del pintor, el crítico de arte caleño Miguel González y algunos amigos cercanos.
Me gusta que se critique, por un lado, el mundo del arte colombiano, un mundo donde hay que ser reverente con los que tienen el poder, es decir con los críticos, los curadores y los galeristas, para poder existir. Si no, si se es envalentonado como dicen que era Rivera, de inmediatamente uno es excluido, marginalizado, desaparecido de los libros, de la memoria de la historia del arte del país. En ese mundo hay que portarse bien, ser lambón, mantener el pico cerrado para poder triunfar. Por eso, Augusto, puede ser considerado un perdedor, un maldito de nuestra historia. También me gusta la critica al clasismo colombiano, pues, Augusto, al ser de Bolívar, un pueblito recóndito del Cauca—de donde también es Dorado— no es tan tenido en cuenta como pintores de Bogotá y de Medellín, las ciudades más importantes del país. Desde ese clasismo, Augusto es visto más bien como un pequeño provinciano que le dio dizque por hacer arte, un aparecido, como lo llamarían las clases altas.
A veces el documental, y sobre todo el narrador, parece entrar en una lucha exagerada por reivindicar la calidad de la obra pictórica de Augusto, como si el espectador no fuera capaz de juzgar por sí solo si vale la pena o no recordar esos cuadros. Y en algunos momentos, especialmente con las anécdotas fútiles de la hija del pintor, se entra en otra lucha exagerada por demostrar que el pintor era un buen hombre. Este desbalance del retrato se equilibra en la última parte, cuando nos damos cuenta de que Augusto era un tipo insoportable: grosero, alcohólico, chismoso, homofóbico y ególatra. Sin embargo, finalizado el film, uno siente que de pronto la forma de convencer al espectador sobre la calidad de la obra era solo mostrar los cuadros, sin tanto palabreo sobre la tela, sin tanto querer influir sobre el pensamiento.
Los artistas olvidados en la historia de Colombia deben ser miles. Unos ignorados por ser negros, indígenas o de algún territorio que no es Bogotá. Otros por maricas o porque eran muy envalentonados. No hay reconocimiento, ni justicia. A muy pocos les interesa rescatarlos, darles vida en el presente. A la mayoría le importa un bledo. Por eso es importante este ejercicio que hace Antonio Dorado, el de poner el margen en el centro, el de reivindicar la periferia. Este gesto recuerda al Luis Ospina que retrató a Antonio Maria Valencia—músico colombiano de alto nivel ignorado por ser homosexual— o a Lorenzo Jaramillo—creo que por lo mismo— o al mismo Andrés Caicedo, ignorado simplemente por ser irreverente, porque en este país a muy pocos les interesa conservar la memoria de sus artistas.



Comentarios
Publicar un comentario