"Una guerra sin fin", Muchedumbre (2026) de Felipe Rugeles
El pueblo se llama Jordán. Queda por el cañón del Chicamocha, perdido entre las montañas, al noreste de Colombia. Dicen que allí hubo violencia entre liberales y conservadores. Cabezas cortadas, lenguas sacadas, cadáveres frente a las puertas, mujeres crucificadas como doña Paulina. Hoy en día Jordán es un pueblo fantasma, en ruinas. El tiempo ha mordisqueado el techo de las casas. Los pocos habitantes que quedan, desperdigados en algunos ranchos, tienen mala memoria. Recuerdan muy poco de la violencia sucedida por entre los matorrales. Se habla de un tal don Roque, un chulavita, es decir un paramilitar, un conservador que hacía justicia por mano propia.
Nuestro narrador es un viajero-cineasta. Alguien que llegó al pueblo por error y luego no pudo salir de allí. Quedó atrapado, cautivo, enfrascado en un laberinto. Su voz es un murmullo, algo parecido a un Juan Preciado en Comala. Está atrapado en un pueblo plagado de fantasmas, donde la violencia nunca terminó y por eso se repitió en espirales, eternamente. Su guía-Virgilio es un arriero llamado Heriberto. Los dos merodean por el pueblo, preguntan sobre don Roque y sus fechorías, sobre la crucifixión de la señora Paulina. Hacen ensayos frente a la cámara de cómo actuar. El viajero pasa por los mismos caminos, ve el mismo animal muerto, el mismo río. Como no hay fin, la historia se repite incesantemente.
El sonido crea esa atmósfera de vacío, de no memoria, de agujero que se lo traga todo. El viajero se percata de que Jordán no solo se lo ha tragado a él sino que también se ha tragado una película llamada regreso a la nada que se filmó allí, como un intento de exorcizar los fantasmas y la violencia. Esta película nunca pudo terminarse. El realizador Javier Gutiérrez se enredó en el montaje, se perdió en el laberinto de imágenes de masacres y de torturas por parte de don Roque y de sus matones. Como si la violencia fuera un ser maligno y poderoso que no se deja vencer y que enloquece a quien lo nombra. La película no tuvo fin, como no tiene fin la guerra en Colombia. No hay salida. Solo repetición, nuevos círculos de violencia.
Rugeles da una visión del conflicto armado en Colombia como el de una película maldita que no tiene fin. Hay olvido, hay tristeza y una sensación de encierro, muy bien acentuada por el sonido de piedras que caen, que se entrechocan y nunca terminan de caer. Su forma de estructurar el montaje, basado en la repetición de unas imágenes—la de la cabra, el río, el arriero al fondo del camino—expresa claramente ese país condenado a una violencia de 200 años, sin salida, sin final, solo en ir y volver al mismo sitio.
Por momentos, las imágenes de la película inconclusa de Javier Gutiérrez se apoderaron de la película de Rugeles, como si se tratara de una canibalización. El narrador aterrado intenta escapar de la realidad aterradora de Jordán en busca de alivio, pero llega a una ficción doblemente aterradora y regresa deshecho, mudo. Fue un buen intento de expresar un doble encierro, otra especie de círculo del infierno, pero a ratos tenía la sensación de haberme salido de la película y de no poder volver, de estar en otro lugar.
Es posible que con muchedumbre Rugeles se refiera a la multitud de personas asesinadas en Jordán y en Colombia durante tantos años. Liberales, conservadores; luego guerrilleros, paramilitares, narcotraficantes, disidencias, etc. Pero sobre todo las víctimas, personas que no tuvieron nada que ver con el conflicto y que terminaron ajusticiadas como doña Paulina. Vuelve el arriero; vuelve la historia de don Roque, el gran carnicero; vuelve la película inconclusa; los rostros atravesados por el horror; doña Paulina crucificada; los fantasmas. No hay fin. No hay cierre. Todo queda inconcluso, abierto. Olvidado. Y por eso se repite eternamente. El narrador sigue atrapado en el infierno, aunque con su relato puede que algunas almas encuentren la calma, el sosiego. Su voz y su vínculo con los sobrevivientes es un intento por superar ese pasado trágico. Lo logra.



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