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"El mar es un cementerio", El botón de Nácar (2015) de Patricio Guzmán

                             

En la fotografía a blanco y negro, la muerta en la playa tiene los ojos abiertos. Su nombre es Marta Ugarte. Fue profesora y poeta. Al abogado le sorprende que ningún pez le haya arrebatado la mirada, que ella nos mire tan fijamente, como si estuviera viva. Fue un pequeño error de la Dina, la policía secreta de la dictadura de Pinochet, que empaquetaba los cadáveres de los desaparecidos para lanzarlos al mar desde un helicóptero del ejército chileno. 

    Marta apareció en la costa, hizo ruido entre las olas; la gente empezó a ver más paquetes mal amarrados flotando en el agua. El agua, el prisma por el que Patricio Guzmán mira la vida. Su infancia, su país, el desierto y el espacio. El agua. El agua tiene memoria, dice Raúl Zurita, el poeta del desierto de Atacama. Debe recordar el agua esos muertos que le lanzaron, esas personas que decidieron volverlo un cementerio. Así como caen las gotas en el techo de zinc (un recuerdo alegre de infancia), el vaivén trae fotografías de indígenas masacrados por el Estado, rostros de desaparecidos durante la dictadura de Pinochet, incluso la cara borrosa de un amiguito de infancia del director, ahogado durante un verano en el mar silencioso. 

    A Marta primero le aplicaron Penthanol (una suerte de cianuro) para neutralizarla; luego le pusieron un riel sobre el pecho, para que se hundiera en las profundidades, bolsa de plástico en la cabeza y los pies, bolsa de costal en la cabeza y los pies, y mientras gira la hélice de la dictadura, cae el punto negro sobre el mar inmenso. Marta Ugarte. Su mirada que nos mira, nosotros que la miramos. Nace una conexión, un pequeño vínculo. Ya no hay más olvido. Saber de ella, de su vida, de su abogado, nos hace olvidar que era una masa empaquetada y nos recuerda que era un ser humano, alguien frágil y vulnerable, alguien que quisieron invisibilizar, pero no pudieron. 

    Los rieles los trajeron de otra región de Chile. El que los trajo se puso de bocón y la Dina hizo su trabajo de acabar con el ruido. Los rieles sumergidos en el agua, como pequeños rastros de un murmullo, de un tren de sombras, de una arqueología del mal, de una opresión sobre un cuerpo, de una destrucción del otro. Algo que nos hunde para siempre en el silencio. Sobre el riel oxidado, el botón brilla. Es la prueba de que alguien estuvo allí, dice Guzmán. La prueba de que un ser humano utilizó ese botón. De la profundidad del inconsciente a la superficie del consciente, donde se puede ver el rastro de lo invisible, algo se puede tramitar, una paz puede surgir; la memoria tiembla e ilumina el presente. Luz. 

    El documentalista nostálgico por lo perdido, por lo que va a desaparecer, que quiere recuperarlo para siempre, como un terco Marcel Proust de los Andes. Habla de Jimmy Botón, un indígena, otro desaparecido, y lo hace aparecer con ilustraciones, lo trae de vuelta como una forma de salvarlo, como una forma de luchar contra el olvido de los violentos ingleses. Los libros de Julio Verne, la fantasía mezclada con la realidad. Y nuevamente, el agua. Algo que representa la vida, lo minúsculo, lo que debe preservarse, la memoria colectiva. Desde ahí, desde esa pureza se ven los sobrevivientes de la dictadura, encerrados entre 1 y 5 años, los rostros envejecidos, endurecidos, silenciosos, melancólicos, la memoria personal. 

    El escritor periodista reconstruye de forma científica, algo fría, cómo era el proceso de desaparición. La inyección, el riel, las bolsas, el helicóptero, los civiles que ayudaban, algo que todos sabían, pero nadie comentaba, ni relataba. El agua como cementerio de la impunidad. Los ojos abiertos de Marta Ugarte. La impunidad es no hablarlo. Es olvidarlo, hacer de cuenta que no pasó. Y de repente se extiende Chile sobre el mar, como una isla triste. Los indígenas asesinados, los adeptos a Allende asesinados, Jimmy Botón desaparecido, despojado de su identidad. Y el agua. La historia del agua que tiene memoria, desde donde se puede reconstruir el horror que vivió un país helado. Reconstruir la desaparición de forma estética, como una forma de hacer justicia con los desaparecidos.

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